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Síndrome de congestión pélvica, cuando el dolor pélvico deja de ser “normal”

martes, 25 de noviembre de 2025

El dolor pélvico crónico es uno de esos problemas que muchas mujeres arrastran durante años sin una explicación clara. Molesta al final del día, aprieta durante la regla, empeora al estar mucho tiempo de pie o después de las relaciones sexuales… y, sin embargo, no siempre aparece nada llamativo en las primeras pruebas. En no pocas ocasiones, detrás de ese dolor está el síndrome de congestión pélvica, una alteración del retorno venoso en la pelvis que provoca la aparición de várices alrededor del útero y los ovarios.

Lejos de ser un simple “dolor de regla” o “cosas de la pelvis”, este síndrome puede condicionar el día a día: cambia la forma de trabajar, de moverse e incluso de vivir la intimidad. Muchas pacientes explican una sensación de peso, presión o hinchazón interna que se repite una y otra vez, y que mejora al tumbarse. Esa pista, junto con la presencia de várices pélvicas o en la zona vulvar, es una de las claves para orientar el diagnóstico.

La buena noticia es que el síndrome de congestión pélvica tiene tratamiento y no es algo con lo que haya que resignarse a convivir sin más. Identificarlo a tiempo permite aliviar el dolor, reducir la inflamación de las venas pélvicas y recuperar calidad de vida, ya sea con medidas conservadoras o con técnicas específicas como la embolización, que han cambiado por completo la forma de abordar este problema.

Qué es el síndrome de congestión pélvica y por qué aparece

El síndrome de congestión pélvica es un trastorno del retorno venoso en el interior de la pelvis. Las venas que rodean el útero, los ovarios y la zona más profunda del suelo pélvico se ensanchan, pierden tonicidad y dejan de mover la sangre con normalidad. Como consecuencia, se forma una red de várices internas que aumenta la presión en la zona, irrita los tejidos y genera ese dolor profundo, pesado y difícil de describir que muchas mujeres llevan tiempo notando.

No es un problema que aparezca de un día para otro. Se desarrolla poco a poco, a veces durante años, y suele pasar desapercibido en sus primeras fases. En muchas mujeres, el desencadenante está en una debilidad progresiva de las paredes venosas, algo más habitual tras varios embarazos —cuando las venas deben soportar un mayor volumen de sangre— o en momentos de cambios hormonales importantes. Los estrógenos, por ejemplo, favorecen de forma natural la dilatación de las venas, de ahí que este síndrome sea mucho más frecuente en mujeres jóvenes o en edad fértil que en la menopausia.

A esto se suma otro detalle importante: el retorno venoso de la pelvis es especialmente complejo. Las venas ováricas son largas, tienen trayectos con curvas y dependen de válvulas que, si no funcionan bien, permiten que la sangre retroceda y se acumule. Ese “atasco” repetido crea un círculo vicioso de inflamación y distensión venosa que acaba manifestándose como dolor pélvico que empeora con el paso del día, al estar de pie mucho tiempo o después de las relaciones sexuales.

Cómo se forman las várices pélvicas

Las venas de los ovarios y del útero funcionan como las tuberías de retorno del sistema pélvico. Cuando sus válvulas se debilitan o las paredes venosas pierden elasticidad, la sangre ya no avanza hacia arriba con la misma eficacia. En lugar de seguir su recorrido natural, queda atrapada en distintos puntos de la pelvis, aumentando la presión local.

Ese estancamiento prolongado hace que las venas se vuelvan tortuosas y se dilaten más de lo normal, formando las conocidas várices pélvicas. Estas estructuras no solo ocupan espacio: también comprimen nervios, irritan tejidos cercanos y generan una sensación de pesadez o presión interna que muchas mujeres describen como “un peso dentro del bajo vientre”.

Cuando el problema se mantiene en el tiempo, la inflamación se vuelve crónica y el dolor pasa de ser algo puntual a estar presente varios días a la semana. Por eso es tan importante identificar estas várices internas, aunque no siempre sean visibles en la superficie ni aparezcan en pruebas básicas.

Síntomas del síndrome de congestión pélvica: señales que tienden a pasar desapercibidas

El síntoma más característico es un dolor pélvico profundo, persistente y difícil de ubicar, que suele durar más de seis meses. No es un dolor punzante ni repentino, sino una sensación de pesadez interna que se agrava en momentos muy concretos: tras estar de pie durante horas, al final del día, en los días previos o durante la menstruación, o después de las relaciones sexuales. Muchas mujeres lo describen como “llevar un peso dentro del bajo vientre” que va aumentando según avanza la jornada.

A menudo, este dolor se extiende hacia la zona lumbar, las ingles o incluso la parte interna de los muslos. También puede aparecer una sensación de hinchazón o presión constante, como si la pelvis estuviera “cargada”. Un detalle importante es que la molestia mejora al tumbarse, porque en esa posición disminuye la presión sobre las venas dilatadas. Esta mejoría es una pista clínica que ayuda a diferenciarlo de otras causas de dolor pélvico.

También es frecuente que existan signos externos que pasan desapercibidos durante meses: pequeñas várices en los glúteos, en la parte alta de los muslos o incluso en la vulva. Suelen confundirse con varices “normales”, pero cuando aparecen junto con dolor pélvico crónico pueden ser una señal clara de congestión venosa interna.

Cuándo el dolor pélvico debe considerarse un aviso

Es importante consultar cuando el dolor interfiere con las actividades cotidianas, se repite durante varios ciclos menstruales o empeora claramente en determinadas situaciones —estar de pie, relaciones sexuales, final del día, menstruación—. Aunque el síndrome de congestión pélvica no es una urgencia ni representa un riesgo vital, sí puede volverse incapacitante si no se detecta a tiempo.

Buscar ayuda médica permite descartar otras causas de dolor pélvico, identificar la presencia de várices internas y plantear opciones de tratamiento que alivien la presión venosa. Un diagnóstico temprano hace que el control sea mucho más efectivo y evita que el dolor se cronifique.

Cómo se diagnostica el síndrome de congestión pélvica

El diagnóstico combina la historia clínica con pruebas de imagen específicas. La ecografía transvaginal suele ser el primer paso, ya que permite visualizar las venas dilatadas alrededor del útero y los ovarios. Si es necesario un estudio más detallado, se recurre al Doppler, a la resonancia pélvica o al TAC.

A veces, la prueba más útil es la flebo­grafía, que permite ver el flujo sanguíneo en tiempo real. No siempre es necesaria, pero resulta muy precisa cuando hay dudas o se está valorando un tratamiento.

La dificultad del diagnóstico reside en que el dolor pélvico crónico tiene múltiples causas. Por eso suele ser necesario descartar primero infecciones, endometriosis, problemas musculares o alteraciones digestivas antes de confirmar el origen venoso.

Tratamiento del síndrome de congestión pélvica

El tratamiento del síndrome de congestión pélvica no es igual para todas las mujeres, porque tampoco lo es la forma en la que se manifiesta. Algunas presentan molestias leves que aparecen de manera intermitente; otras conviven con un dolor constante que condiciona su día a día. Por eso, el abordaje debe adaptarse a la intensidad del dolor, al impacto en la calidad de vida y al estado de las venas pélvicas.

Medidas conservadoras: cuando el objetivo es aliviar sin intervenir

En los casos más leves o al inicio del proceso, se puede empezar con medidas conservadoras. Reducir actividades que aumenten la presión pélvica, realizar ejercicios específicos de suelo pélvico y mejorar los hábitos posturales ayuda a disminuir la congestión interna. A veces, el profesional sanitario puede indicar fármacos destinados a reducir la dilatación venosa o a modular la inflamación, siempre valorando la situación de cada mujer. Este enfoque suele aportar alivio progresivo, especialmente cuando se combina con cambios en la actividad física y el estilo de vida.

Embolización y otras técnicas avanzadas: cuando el dolor no da tregua

Cuando el dolor persiste pese a las medidas conservadoras, la embolización de las venas pélvicas es hoy la técnica de referencia. Se trata de un procedimiento mínimamente invasivo que se realiza a través de un pequeño acceso vascular. Mediante material específico, se cierran las venas dilatadas para redirigir la sangre hacia venas sanas, reduciendo de forma directa la congestión. La recuperación suele ser rápida y la mayoría de mujeres nota una clara mejoría en pocas semanas.

En situaciones concretas —sobre todo cuando existen otras patologías asociadas o cuando las venas dilatadas no responden a la embolización— se pueden valorar opciones quirúrgicas. Estas intervenciones son menos frecuentes y se reservan para casos muy seleccionados.

Síndrome de congestión pélvica y embarazo

El embarazo es uno de los principales factores que favorecen la aparición de várices pélvicas, ya que aumenta el volumen sanguíneo y la presión en las venas del útero y los ovarios. Por eso es habitual que algunas mujeres experimenten dolor pélvico durante la gestación, que puede mejorar tras el parto.

Cuando el síndrome aparece después de varios embarazos, los síntomas suelen aparecer años más tarde, a menudo sin una causa aparente. La buena noticia es que la mayoría de los tratamientos —incluida la embolización— no impiden futuros embarazos, aunque cada caso debe valorarse de forma individual.

También es frecuente que, durante el embarazo, las molestias se confundan con otros dolores propios de esta etapa. Sin embargo, cuando el malestar persiste tras el parto o se acompaña de sensación de peso pélvico, dificultad para estar de pie mucho tiempo o aparición de várices vulvares, conviene comentarlo en la revisión ginecológica. Un diagnóstico temprano permite controlar mejor la congestión venosa y evitar que el dolor se vuelva crónico.

➡️ ¿Y si tengo más dudas sobre el síndrome de congestión pélvica?

Pues es muy sencillo, puedes mandarnos un correo electrónico a info@hospitallaantigua.com o bien puedes llamarnos por teléfono al teléfono 949 223 600.
Estaremos encantados de atenderte y resolver todas tus dudas.

Preguntas frecuentes sobre el síndrome de congestión pélvica

Antes de resolver las dudas más habituales, es importante recordar que este síndrome puede confundirse fácilmente con otras causas de dolor pélvico crónico. Muchas mujeres pasan años sin diagnóstico porque los síntomas fluctúan, mejoran al tumbarse o aparecen solo en momentos concretos. Aclarar estas preguntas ayuda a entender mejor cuándo sospecharlo, cómo se trata y qué esperar a largo plazo.

¿El síndrome de congestión pélvica es peligroso?

No es una enfermedad grave, pero sí muy molesta. Puede limitar la vida diaria si no se identifica y trata a tiempo. El mayor problema no es la seguridad, sino la calidad de vida.

¿Cómo diferenciarlo de otros problemas ginecológicos?

El dolor mejora al tumbarse y empeora al final del día o tras estar mucho tiempo de pie. Además, la presencia de várices en vulva, glúteos o muslos puede ser una pista importante, ya que no suelen aparecer en otras patologías pélvicas.

¿La congestión pélvica afecta a la fertilidad?

En la mayoría de los casos no impide el embarazo. Sin embargo, algunas mujeres con dolor intenso o várices muy avanzadas pueden notar molestias durante el ciclo o durante las relaciones sexuales. El especialista valorará si es necesario tratar antes de buscar embarazo.

¿Puede volver a aparecer?

Si las venas tratadas quedan completamente ocluidas, es poco frecuente que los síntomas reaparezcan. Sin embargo, en mujeres con predisposición venosa, antecedentes de embarazos múltiples o factores hormonales, puede ser necesario realizar revisiones periódicas.

¿El ejercicio empeora el dolor?

Las actividades de bajo impacto, caminar y fortalecer el suelo pélvico suelen aliviar. El dolor empeora con esfuerzos prolongados, cargas pesadas, carreras intensas o largos periodos de pie.

¿Se puede tener síndrome de congestión pélvica sin várices visibles?

Sí. Muchas mujeres no presentan várices externas, y aun así tienen dilatación venosa interna. Por eso, la ecografía Doppler o la resonancia pélvica son pruebas clave para el diagnóstico.

¿El dolor pélvico crónico siempre se debe a congestión pélvica?

No. Existen múltiples causas: endometriosis, disfunciones del suelo pélvico, cistitis intersticial o problemas musculares. La congestión pélvica es solo una de ellas, y el diagnóstico debe hacerse con un enfoque global.