El dolor pélvico crónico es uno de esos problemas que muchas mujeres arrastran durante años sin una explicación clara. Molesta al final del día, aprieta durante la regla, empeora al estar mucho tiempo de pie o después de las relaciones sexuales… y, sin embargo, no siempre aparece nada llamativo en las primeras pruebas. En no pocas ocasiones, detrás de ese dolor está el síndrome de congestión pélvica, una alteración del retorno venoso en la pelvis que provoca la aparición de várices alrededor del útero y los ovarios.
Lejos de ser un simple “dolor de regla” o “cosas de la pelvis”, este síndrome puede condicionar el día a día: cambia la forma de trabajar, de moverse e incluso de vivir la intimidad. Muchas pacientes explican una sensación de peso, presión o hinchazón interna que se repite una y otra vez, y que mejora al tumbarse. Esa pista, junto con la presencia de várices pélvicas o en la zona vulvar, es una de las claves para orientar el diagnóstico.
La buena noticia es que el síndrome de congestión pélvica tiene tratamiento y no es algo con lo que haya que resignarse a convivir sin más. Identificarlo a tiempo permite aliviar el dolor, reducir la inflamación de las venas pélvicas y recuperar calidad de vida, ya sea con medidas conservadoras o con técnicas específicas como la embolización, que han cambiado por completo la forma de abordar este problema.
Qué es el síndrome de congestión pélvica y por qué aparece
El síndrome de congestión pélvica es un trastorno del retorno venoso en el interior de la pelvis. Las venas que rodean el útero, los ovarios y la zona más profunda del suelo pélvico se ensanchan, pierden tonicidad y dejan de mover la sangre con normalidad. Como consecuencia, se forma una red de várices internas que aumenta la presión en la zona, irrita los tejidos y genera ese dolor profundo, pesado y difícil de describir que muchas mujeres llevan tiempo notando.
No es un problema que aparezca de un día para otro. Se desarrolla poco a poco, a veces durante años, y suele pasar desapercibido en sus primeras fases. En muchas mujeres, el desencadenante está en una debilidad progresiva de las paredes venosas, algo más habitual tras varios embarazos —cuando las venas deben soportar un mayor volumen de sangre— o en momentos de cambios hormonales importantes. Los estrógenos, por ejemplo, favorecen de forma natural la dilatación de las venas, de ahí que este síndrome sea mucho más frecuente en mujeres jóvenes o en edad fértil que en la menopausia.
A esto se suma otro detalle importante: el retorno venoso de la pelvis es especialmente complejo. Las venas ováricas son largas, tienen trayectos con curvas y dependen de válvulas que, si no funcionan bien, permiten que la sangre retroceda y se acumule. Ese “atasco” repetido crea un círculo vicioso de inflamación y distensión venosa que acaba manifestándose como dolor pélvico que empeora con el paso del día, al estar de pie mucho tiempo o después de las relaciones sexuales.
Cómo se forman las várices pélvicas
Las venas de los ovarios y del útero funcionan como las tuberías de retorno del sistema pélvico. Cuando sus válvulas se debilitan o las paredes venosas pierden elasticidad, la sangre ya no avanza hacia arriba con la misma eficacia. En lugar de seguir su recorrido natural, queda atrapada en distintos puntos de la pelvis, aumentando la presión local.
Ese estancamiento prolongado hace que las venas se vuelvan tortuosas y se dilaten más de lo normal, formando las conocidas várices pélvicas. Estas estructuras no solo ocupan espacio: también comprimen nervios, irritan tejidos cercanos y generan una sensación de pesadez o presión interna que muchas mujeres describen como “un peso dentro del bajo vientre”.
Cuando el problema se mantiene en el tiempo, la inflamación se vuelve crónica y el dolor pasa de ser algo puntual a estar presente varios días a la semana. Por eso es tan importante identificar estas várices internas, aunque no siempre sean visibles en la superficie ni aparezcan en pruebas básicas.