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Shock séptico: cuándo una infección se convierte en una urgencia vital

miércoles, 4 de febrero de 2026

El shock séptico representa una de las situaciones más críticas dentro de la práctica clínica, ya que supone un fallo sistémico donde los órganos y tejidos dejan de recibir el oxígeno y los nutrientes necesarios para sobrevivir. Esta situación no ocurre de manera aislada, sino que es la consecuencia de una infección previa que el sistema inmunitario no ha logrado contener de forma local. Cuando esto sucede, se produce una cascada de reacciones que afectan a la presión arterial y al funcionamiento del corazón, poniendo en riesgo la vida del paciente si no se interviene de manera urgente.

A diferencia de una infección común que puede tratarse con reposo o medicación domiciliaria, el shock séptico implica que el organismo ha entrado en un estado de colapso circulatorio. La sangre no llega con la presión suficiente a los capilares, lo que provoca que las células comiencen a sufrir una muerte progresiva por falta de energía. Es fundamental entender que el shock es el estadio más avanzado de un proceso que comienza con la sepsis, y que su identificación temprana por parte de los familiares o del entorno del paciente es la herramienta más valiosa para mejorar el pronóstico.

La gravedad de este cuadro radica en su capacidad para afectar a múltiples sistemas de forma simultánea, desde los pulmones hasta los riñones o el hígado. El objetivo del equipo médico en estos casos es estabilizar las constantes vitales mientras se localiza y neutraliza el foco infeccioso que ha desencadenado la crisis. Por ello, la información que manejamos sobre sus señales de alerta no debe servir para generar alarma, sino para actuar con determinación ante los primeros indicios de descompensación en una persona que ya atraviesa un proceso infeccioso.

Por qué una infección puede provocar un colapso general del organismo

Para comprender por qué ocurre un shock séptico, debemos fijarnos en cómo reaccionan nuestras defensas ante la invasión de microorganismos, principalmente bacterias o, en menor medida, hongos. En condiciones normales, el sistema inmunitario despliega sus recursos para eliminar la amenaza en el lugar donde se produce, como puede ser una herida o una infección urinaria. Sin embargo, en ciertos pacientes o ante gérmenes especialmente agresivos, las toxinas liberadas provocan que la inflamación deje de ser local y se extienda por todo el torrente sanguíneo, alterando la permeabilidad de los vasos y la coagulación.

Este fenómeno es especialmente relevante en grupos de población con un sistema inmunitario más vulnerable o inmaduro. Hablamos de recién nacidos, personas de edad avanzada o pacientes con patologías crónicas que merman su capacidad de respuesta. En estos perfiles, una infección que inicialmente parece controlada, como una neumonía o una infección de los riñones, puede escalar rápidamente hacia un shock séptico debido a que el cuerpo no tiene los mecanismos necesarios para frenar la liberación masiva de sustancias inflamatorias.

Los focos de infección más habituales que derivan en esta complicación se encuentran en el sistema respiratorio, el aparato genitourinario y la piel. No obstante, el diagnóstico precoz se complica a veces porque el foco original puede ser silencioso o presentar síntomas inespecíficos al inicio. La clave médica reside en monitorizar no solo la fiebre, sino cómo está respondiendo el organismo en su conjunto, vigilando estrechamente la tensión arterial y la frecuencia cardíaca como indicadores principales del estado circulatorio.

El shock séptico de origen abdominal

Dentro de las diferentes formas que puede adoptar esta patología, el shock séptico de origen abdominal se considera uno de los más complejos debido a la naturaleza de los órganos implicados. Este proceso suele desencadenarse cuando ocurre una complicación en el aparato digestivo, como una perforación intestinal, una apendicitis que no ha sido tratada a tiempo o una peritonitis tras una intervención quirúrgica. En estos casos, las bacterias propias de la flora intestinal pasan a la cavidad abdominal y de ahí al torrente sanguíneo con una rapidez asombrosa.

La sintomatología en el caso abdominal suele incluir un dolor muy localizado y agudo que evoluciona hacia una rigidez del abdomen, acompañada de una caída brusca de la tensión. El mayor desafío de este tipo de shock es que el tratamiento requiere habitualmente un doble abordaje. Por un lado, se necesita la estabilización hemodinámica con fármacos y líquidos, y por otro, una intervención quirúrgica o un drenaje de urgencia para eliminar físicamente la fuente de la infección, ya que los antibióticos por sí solos no pueden resolver una perforación o un absceso profundo.

La mortalidad en estos cuadros es elevada si existe demora en el paso por el quirófano, por lo que la sospecha clínica ante un dolor abdominal intenso y malestar general debe ser inmediata. El equipo de cirugía y cuidados intensivos trabaja de forma coordinada para limpiar el foco infeccioso y evitar que las toxinas sigan pasando a la sangre. Es una situación de máxima exigencia médica donde cada hora de retraso en el control del foco abdominal reduce significativamente las probabilidades de una recuperación completa sin secuelas.

Cómo reconocer un shock séptico: signos de alarma

La identificación de un shock séptico por parte del entorno del paciente se basa en observar cambios bruscos en el comportamiento y en las funciones básicas del cuerpo. Uno de los signos más evidentes es la alteración del estado de conciencia, que puede manifestarse como confusión, desorientación o una somnolencia excesiva de la que cuesta despertar al paciente. Esto sucede porque el cerebro es uno de los primeros órganos en notar el descenso del aporte de oxígeno debido a la bajada de la presión arterial.

A nivel físico, el cuerpo intenta compensar la falta de riego acelerando el ritmo del corazón y la frecuencia de la respiración. Es común observar que el paciente respira de forma agitada, como si le faltara el aire, y que sus pulsaciones son muy rápidas incluso estando en reposo. Además, la piel ofrece pistas visuales muy valiosas, pudiendo aparecer fría, pálida o con un aspecto moteado, especialmente en las extremidades, ya que el organismo prioriza enviar la poca sangre disponible a los órganos vitales, dejando de lado la superficie cutánea.

Otro indicador crítico es la disminución de la orina, lo que en términos médicos se conoce como oliguria. Si una persona que está pasando por un proceso infeccioso deja de orinar o lo hace en cantidades mínimas a lo largo del día, es una señal inequívoca de que los riñones están dejando de funcionar correctamente por la falta de presión sanguínea. Todos estos síntomas, combinados con una debilidad extrema, deben motivar el traslado inmediato a un centro hospitalario para iniciar el protocolo de soporte vital y tratamiento antibiótico.

Cómo se diagnostica el shock séptico en el hospital

Una vez que el paciente llega al centro médico, el diagnóstico del shock séptico se realiza mediante una evaluación clínica rápida combinada con pruebas de laboratorio de alta prioridad. Lo primero que el personal sanitario comprueba es la triada de signos vitales: la tensión arterial, la frecuencia cardíaca y la temperatura. Si la presión arterial se mantiene baja a pesar de administrar líquidos por vía intravenosa, la sospecha de shock se confirma y se activan los protocolos de cuidados críticos para evitar el daño permanente en los órganos.

El interrogatorio médico y el examen físico inicial buscan orientar sobre cuál es el origen de la infección. Se palpa el abdomen para descartar peritonitis, se auscultan los pulmones en busca de signos de neumonía y se revisa la piel por si hubiera celulitis o heridas infectadas. Esta fase es vital para decidir qué tipo de especialista debe liderar el caso y qué medidas de soporte serán necesarias de forma inmediata para mantener las constantes vitales del paciente mientras se espera el resultado de las pruebas complementarias.

La rapidez en esta fase diagnóstica es el factor que más influye en la supervivencia. El equipo médico no espera a tener todos los resultados para empezar a actuar, sino que inicia el tratamiento de soporte ante la sospecha firme. El diagnóstico definitivo ayuda a ajustar la estrategia, pero la intervención inicial siempre es agresiva para tratar de revertir la hipotensión y asegurar que el oxígeno vuelva a llegar a los tejidos antes de que el fallo multiorgánico sea irreversible.

Qué pruebas permiten identificar y tratar la infección

Para confirmar la causa exacta y determinar el daño sufrido por el organismo, se realizan analíticas de sangre profundas que miden parámetros como el lactato, un indicador de que las células están sufriendo por falta de oxígeno. También se solicitan pruebas de coagulación y de función renal y hepática para valorar el grado de afectación sistémica. Una parte fundamental de este proceso son los cultivos microbiológicos, donde se toman muestras de sangre y otros fluidos para identificar el germen responsable y conocer a qué antibióticos es sensible.

Las pruebas de imagen juegan un papel determinante, especialmente cuando el foco de la infección no es evidente a simple vista. La realización de una ecografía abdominal o un TAC permite a los médicos visualizar si hay colecciones de pus, obstrucciones o perforaciones que requieran una acción mecánica inmediata. Estas herramientas tecnológicas nos permiten "mirar dentro" del paciente con precisión milimétrica, facilitando que el tratamiento sea mucho más dirigido y eficaz desde las primeras horas de ingreso.

Finalmente, la gasometría arterial nos informa en tiempo real sobre el equilibrio ácido-base y la oxigenación real de la sangre. Con toda esta información, el equipo de medicina intensiva puede ajustar los respiradores, las dosis de fármacos para la tensión y los ciclos de antibióticos de forma personalizada. La combinación de la experiencia clínica con estas tecnologías diagnósticas es lo que permite hoy en día salvar vidas en situaciones que, hace apenas unas décadas, se consideraban fatales.

Tratamiento del shock séptico: estabilizar al paciente y frenar la infección

El tratamiento del shock séptico se basa en una actuación rápida y coordinada en unidades especializadas. El primer objetivo es recuperar una circulación eficaz mediante la administración de líquidos por vía intravenosa, con el fin de aumentar la presión arterial y garantizar que los órganos vuelvan a recibir oxígeno suficiente mientras se controla la causa del cuadro.

De forma simultánea, se inicia el tratamiento antibiótico sin esperar a los resultados definitivos de los cultivos. En una primera fase se emplean antibióticos de amplio espectro, que posteriormente se ajustan al germen identificado. Este inicio precoz es clave para detener la respuesta inflamatoria descontrolada que está dañando los vasos sanguíneos y comprometiendo la vida del paciente.

Cuando los líquidos no son suficientes para mantener la tensión arterial, se recurre a fármacos vasopresores. Estos medicamentos ayudan a elevar la presión actuando directamente sobre las arterias y solo pueden administrarse bajo monitorización continua en unidades de cuidados intensivos, debido a la complejidad y delicadeza de su manejo.

Soporte de órganos y cirugía para controlar el foco infeccioso

En los cuadros más graves, el tratamiento incluye soporte avanzado de los órganos afectados. La ventilación mecánica puede ser necesaria si los pulmones no consiguen oxigenar adecuadamente la sangre, y la diálisis temporal se utiliza cuando los riñones dejan de filtrar toxinas como consecuencia del colapso circulatorio.

Cuando el origen del shock es un problema estructural, como una perforación intestinal o una infección abdominal grave, la cirugía se convierte en una intervención urgente e imprescindible. En estos casos, eliminar físicamente el foco infeccioso es la única forma de frenar la entrada continua de bacterias en el organismo y permitir que el tratamiento médico sea eficaz.

Durante todo el ingreso, también se cuidan aspectos fundamentales como el soporte nutricional y la prevención de complicaciones asociadas a la inmovilización y al estado crítico. La recuperación tras un shock séptico suele ser lenta y progresiva, pero un abordaje integral y bien coordinado permite que muchos pacientes superen la fase aguda y recuperen su funcionalidad con el seguimiento adecuado.

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Preguntas frecuentes sobre el shock séptico

Cuando una enfermedad es tan grave y repentina como el shock séptico, es normal que surjan muchas dudas tanto en los pacientes como en sus familiares. Estas son algunas de las preguntas más habituales que se plantean en consulta y durante el ingreso hospitalario.

¿El shock séptico es contagioso?

No. El shock séptico no se transmite entre personas. Lo que puede ser contagioso es la infección original que lo desencadenó, no la respuesta del organismo.

¿Cuánto tiempo dura la recuperación tras superar un shock séptico?

Depende de la gravedad del cuadro y de los órganos afectados. La recuperación suele ser progresiva y puede requerir semanas o meses de seguimiento médico.

¿Se puede prevenir un shock séptico si ya existe una infección?

En muchos casos sí. Tratar la infección de forma precoz, completar los tratamientos indicados y consultar ante cualquier empeoramiento reduce el riesgo de evolución a sepsis y shock.

¿Quién tiene más riesgo de desarrollar un shock séptico?

Las personas mayores, los recién nacidos, los pacientes con enfermedades crónicas o con el sistema inmunitario debilitado presentan un riesgo más elevado.

¿Puede dejar secuelas a largo plazo?

En algunos casos sí. Puede haber secuelas físicas o cognitivas, especialmente si el shock fue prolongado, por lo que el seguimiento tras el alta es fundamental.

¿Cuándo hay que acudir de urgencia al hospital?

Ante una infección acompañada de confusión, respiración acelerada, tensión baja, ausencia de orina o empeoramiento brusco del estado general.