La diabetes es una condición que exige una atención constante en muchos aspectos de la salud, pero uno de los que más dudas y preocupación genera es el cuidado de las extremidades inferiores. El término pie diabético se refiere a una serie de alteraciones que surgen como consecuencia de los niveles elevados de glucosa en sangre mantenidos en el tiempo. Estas alteraciones afectan principalmente a los nervios y a los vasos sanguíneos, convirtiendo a los pies en una zona de especial vulnerabilidad que requiere un seguimiento cercano y una comprensión clara por parte del paciente.
Para una persona con diabetes, los pies no son simplemente el soporte del cuerpo, sino un indicador de su bienestar general. Pequeñas lesiones que en otras circunstancias carecerían de importancia, como una rozadura o una ampolla, pueden complicarse si no se detectan y tratan con el rigor necesario. Por ello, el objetivo de la educación sanitaria no es alarmar, sino dotar al paciente de las herramientas necesarias para que sepa identificar cuándo un cambio es normal y cuándo es el momento de consultar con un profesional.
¿Por qué ocurre el pie diabético? El papel de la glucosa y la circulación
La aparición del pie diabético se debe fundamentalmente a la combinación de dos factores que actúan de manera progresiva y, a menudo, silenciosa. El primero es la neuropatía diabética, que consiste en el daño a los nervios de las extremidades. Esto provoca una pérdida de la sensibilidad táctil y térmica, lo que significa que el paciente puede sufrir un corte, una quemadura o un roce excesivo sin sentir dolor. Al perder esta señal de alarma natural del cuerpo, las lesiones pasan desapercibidas y pueden evolucionar negativamente sin que la persona lo note.
El segundo factor crítico es la enfermedad vascular periférica o falta de riego sanguíneo. La diabetes puede favorecer el estrechamiento de las arterias, dificultando que la sangre rica en oxígeno y nutrientes llegue a los pies. Si la circulación es deficiente, la capacidad del cuerpo para cicatrizar heridas y combatir posibles infecciones se ve drásticamente reducida. Cuando la falta de sensibilidad y el riego sanguíneo insuficiente coinciden, se crea el escenario donde pueden aparecer las úlceras.