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Hernia discal lumbar: qué es, por qué duele y cómo se recupera la espalda

martes, 13 de enero de 2026

El dolor en la zona baja de la espalda es una experiencia que prácticamente cualquier persona atravesará en algún momento de su vida. Sin embargo, cuando esa molestia deja de ser un simple cansancio muscular y se convierte en un dolor punzante, eléctrico o que se desplaza hacia las piernas, surge una preocupación comprensible. El diagnóstico de una hernia discal lumbar suele recibirse con cierta dosis de angustia, ya que durante años se ha asociado a una lesión grave, a limitaciones permanentes o incluso al paso inevitable por el quirófano. Esta percepción, sin embargo, está lejos de la realidad médica actual.

Es importante entender que el cuerpo humano tiene una enorme capacidad de adaptación y recuperación. Recibir un diagnóstico de hernia discal no significa que la espalda esté “rota” ni que haya que renunciar para siempre a una vida activa. De hecho, la evidencia clínica muestra que la gran mayoría de las personas consigue recuperar su ritmo habitual con un tratamiento adecuado, tiempo y un tratamiento bien orientado. La clave está en comprender qué está ocurriendo en la columna y qué señales indican cuándo actuar y cuándo confiar en el proceso natural de recuperación.

Comprendiendo qué ocurre realmente en la columna lumbar

Para entender qué es una hernia discal lumbar, conviene imaginar la columna no como una estructura rígida, sino como un sistema flexible diseñado para el movimiento. Entre cada vértebra existen discos intervertebrales que actúan como amortiguadores, permitiendo absorber impactos y repartir las cargas del día a día.

Estos discos están formados por un anillo externo resistente, el anillo fibroso, y un núcleo interno de consistencia gelatinosa que aporta elasticidad. Con el paso del tiempo y la suma de microesfuerzos, el disco puede perder hidratación y capacidad de amortiguación.

Qué es exactamente una hernia discal lumbar

Hablamos de hernia discal lumbar cuando el núcleo interno del disco se desplaza y atraviesa una fisura del anillo fibroso, saliendo de su posición habitual. Este material puede entrar en contacto con las raíces nerviosas cercanas, provocando dolor, inflamación o alteraciones neurológicas.

Es importante desmontar la idea de que la hernia aparece siempre tras un “mal gesto”. En la mayoría de los casos es el resultado de un proceso progresivo, relacionado con el envejecimiento natural del disco y factores como el sedentarismo, el exceso de peso o el tabaquismo, que afecta directamente a su nutrición.

Diferencia entre protrusión y hernia: una confusión habitual

Existe una confusión frecuente entre protrusión discal y hernia discal. En la protrusión, el disco se deforma y se abomba hacia fuera, pero sin llegar a romperse completamente. En la hernia, en cambio, sí existe salida del material interno.

Aunque los términos suenen alarmantes, conviene subrayar un punto clave: el tamaño de la hernia en una prueba de imagen no siempre se correlaciona con la intensidad del dolor. De hecho, muchas personas presentan hernias discales sin síntomas y llevan una vida completamente normal. Esto demuestra que la hernia, por sí sola, no explica todo.

Las señales que envía el cuerpo: más allá del dolor lumbar

El síntoma más conocido de la hernia discal lumbar es la ciática, aunque este término se utiliza a menudo de forma imprecisa. La ciática describe la irritación del nervio ciático y suele manifestarse como un dolor que nace en la zona lumbar o el glúteo y desciende por la pierna.

Este dolor tiene características muy concretas: no suele ser un dolor muscular sordo, sino una sensación de quemazón, descarga eléctrica o pinchazo profundo, que puede intensificarse al toser, estornudar o permanecer sentado durante mucho tiempo.

Alteraciones de la sensibilidad: hormigueo y adormecimiento

Además del dolor, es frecuente que aparezcan cambios en la sensibilidad. Muchos pacientes describen hormigueos, sensación de pierna dormida o zonas con menor percepción táctil en el pie o la pantorrilla.

Estos síntomas indican que el nervio está irritado o inflamado y no transmite la información de forma adecuada. Aunque resultan molestos, forman parte del mecanismo de aviso del sistema nervioso.

Debilidad muscular: cuándo prestar especial atención

La pérdida de fuerza es el síntoma que requiere mayor vigilancia. Dificultad para caminar, tropiezos frecuentes, problemas para ponerse de puntillas o para apoyar los talones pueden indicar una compresión nerviosa más relevante.

Aunque en la mayoría de los casos los síntomas fluctúan —con días mejores y peores—, la debilidad progresiva debe ser valorada con prioridad por un profesional sanitario.

El proceso diagnóstico: por qué la resonancia no lo explica todo

Ante un dolor lumbar persistente, muchas personas sienten la necesidad de realizar una resonancia magnética cuanto antes. Aunque las pruebas de imagen son herramientas muy valiosas, en el caso de la columna lumbar deben interpretarse con prudencia.

La medicina actual prioriza la exploración clínica frente a la imagen aislada. Esto se debe a que un gran porcentaje de personas mayores de 40 años presenta hernias o degeneración discal sin ningún tipo de dolor.

La importancia de la exploración clínica

El diagnóstico comienza en la consulta, mediante una entrevista detallada y una exploración física cuidadosa. Evaluar reflejos, sensibilidad y fuerza muscular aporta información clave sobre el estado real del nervio afectado.

Una hernia pequeña con pérdida de fuerza es clínicamente más relevante que una hernia grande en un paciente sin síntomas importantes.

Cuándo están indicadas las pruebas de imagen

La resonancia o el TAC se solicitan para confirmar una sospecha clínica clara, planificar una posible intervención o descartar otras patologías. Leer un informe radiológico sin contexto puede generar alarma innecesaria, ya que muchos hallazgos forman parte del envejecimiento normal de la columna.

Tratamientos para la recuperación y el control del dolor

Una de las ideas más importantes que conviene transmitir a quien recibe un diagnóstico de hernia discal lumbar es que la cirugía no es el desenlace habitual. Aproximadamente nueve de cada diez casos evolucionan de forma favorable sin necesidad de intervención quirúrgica. El propio organismo dispone de mecanismos biológicos capaces de reducir el tamaño de la hernia mediante un proceso de reabsorción progresiva del material discal que ha salido de su posición habitual, disminuyendo así la presión sobre el nervio afectado.

Este proceso no es inmediato y requiere tiempo. La evolución suele ser gradual, con fases de mejoría y pequeños altibajos, especialmente durante las primeras semanas. Es habitual que el dolor disminuya de forma progresiva a lo largo de los meses, a medida que se controla la inflamación y el nervio va recuperando su función normal. Entender este ritmo de recuperación ayuda a reducir la ansiedad y a evitar decisiones precipitadas cuando el dolor no desaparece de un día para otro.

Tratamiento conservador: movimiento frente a reposo

El tratamiento inicial de la hernia discal lumbar se orienta a aliviar el dolor y la inflamación para permitir que el paciente vuelva a moverse con seguridad lo antes posible. Los analgésicos y antiinflamatorios pueden ser herramientas útiles en la fase aguda, siempre pautados de forma individualizada, pero su función es facilitar la movilidad, no sustituirla. El objetivo no es “aguantar” el dolor, sino crear las condiciones necesarias para que el cuerpo empiece a recuperarse.

Durante años se recomendó el reposo absoluto como tratamiento principal, pero hoy sabemos que permanecer inmóvil durante periodos prolongados debilita la musculatura de la espalda, aumenta la rigidez y retrasa la recuperación. Mantener una actividad suave, como caminar en superficies llanas o realizar movimientos controlados dentro del umbral de tolerancia, favorece la circulación, reduce la inflamación y previene la pérdida de fuerza. El movimiento, bien dosificado, es una parte esencial del tratamiento, no un riesgo añadido.

Cuándo se plantea la cirugía

La cirugía se reserva para situaciones muy concretas en las que el tratamiento conservador no ofrece resultados o existen signos de alarma claros. La pérdida de fuerza progresiva, un dolor intenso que no mejora tras un periodo razonable de tratamiento bien dirigido o la aparición de alteraciones en el control de la vejiga o el intestino son escenarios que requieren una valoración especializada urgente.

Fuera de estos casos, la intervención quirúrgica es una opción electiva que debe valorarse con calma y con información adecuada. A largo plazo, los estudios muestran que muchas personas que siguen un tratamiento conservador bien estructurado alcanzan niveles de calidad de vida similares a los de quienes han sido operados. Por ello, la decisión debe tomarse de forma individualizada, teniendo en cuenta la evolución clínica, las necesidades del paciente y su contexto personal, evitando convertir la cirugía en una respuesta automática al dolor lumbar.

El papel clave de la fisioterapia y el ejercicio terapéutico

La fisioterapia actual entiende la hernia discal lumbar como un proceso dinámico, no como una lesión estática que deba “reposar” indefinidamente. Por eso, su tratamiento va mucho más allá de técnicas pasivas como el masaje o la aplicación de calor, que pueden aliviar de forma puntual pero no modifican el origen del problema. El eje del tratamiento es el ejercicio terapéutico individualizado, adaptado al momento evolutivo del paciente y a sus síntomas, con el objetivo de recuperar la función y devolver seguridad al movimiento.

El trabajo se centra especialmente en la musculatura profunda que estabiliza la columna lumbar y la pelvis. Músculos como el transverso abdominal, el multífido o el diafragma forman un sistema de control que protege la columna durante los gestos cotidianos. Cuando esta musculatura no se activa correctamente, la carga recae de forma excesiva sobre los discos intervertebrales, aumentando el dolor y el riesgo de recaídas. A través del ejercicio progresivo y supervisado, se busca restaurar este control motor, permitiendo que la columna tolere mejor el esfuerzo sin entrar en sobrecarga constante.

Crear lo que se conoce como una “faja natural” no significa tensar el abdomen de forma rígida, sino aprender a coordinar la musculatura profunda con el movimiento. Esta estabilidad funcional reduce la presión directa sobre el disco lesionado, mejora la confianza del paciente y permite retomar actividades que a menudo se habían evitado por miedo al dolor. A medio y largo plazo, este enfoque es clave para que la hernia discal deje de ser el centro de la vida diaria.

Educación postural y prevención de recaídas

La recuperación no depende únicamente de fortalecer músculos, sino también de aprender a moverse mejor. La educación postural no consiste en mantener una postura perfecta e inamovible, sino en entender cómo gestionar las cargas a lo largo del día. Permanecer muchas horas sentado, levantar peso sin control o repetir siempre los mismos gestos son factores que, con el tiempo, favorecen la reaparición del dolor lumbar.

El fisioterapeuta acompaña al paciente en este proceso educativo, enseñándole a adaptar su entorno laboral, a variar posturas con frecuencia y a realizar movimientos cotidianos —como agacharse, girarse o cargar objetos— de una forma más eficiente para la columna. Estos cambios, aparentemente pequeños, tienen un impacto muy significativo en la evolución a largo plazo y en la prevención de nuevos episodios de dolor.

El movimiento, cuando está bien guiado, es uno de los principales aliados del disco intervertebral. A diferencia de otros tejidos, el disco no tiene una irrigación directa y depende del movimiento para nutrirse. La alternancia de carga y descarga favorece la hidratación y la recuperación funcional del disco, mientras que la inmovilidad prolongada acelera su deterioro. Por este motivo, integrar el ejercicio y el movimiento consciente como un hábito estable —y no como un tratamiento puntual— es una de las claves más importantes para convivir con una hernia discal lumbar sin que condicione la calidad de vida.

Situaciones específicas: embarazo y envejecimiento activo

Durante el embarazo, la columna lumbar se ve sometida a una sobrecarga progresiva causada por el aumento de peso, el desplazamiento del centro de gravedad y la acción de hormonas como la relaxina, que incrementan la laxitud ligamentosa. Todo ello puede favorecer la aparición de dolor lumbar o síntomas similares a la ciática, que generan preocupación, pero que en la mayoría de los casos no se deben a una hernia discal estructural, sino a cambios posturales y musculares transitorios propios de esta etapa.

El tratamiento en la mujer embarazada es siempre conservador y orientado a aliviar el dolor sin riesgos. La fisioterapia adaptada, el trabajo suave de movilidad y estabilización y, en algunos casos, el uso de cinturones pélvicos ayudan a mejorar los síntomas y a mantener la actividad diaria. Es importante transmitir un mensaje de tranquilidad: tras el parto, cuando el cuerpo recupera de forma progresiva su equilibrio hormonal y biomecánico, lo habitual es que el dolor lumbar disminuya o desaparezca sin dejar secuelas.

En las personas mayores, la hernia discal lumbar suele coexistir con otros cambios propios del envejecimiento de la columna, como la artrosis o la disminución de la altura de los discos. En estos casos, el objetivo del tratamiento no es revertir todos los cambios estructurales, sino preservar la autonomía, el movimiento y la calidad de vida. Mantenerse activo, caminar de forma regular y realizar ejercicio adaptado son pilares fundamentales para evitar que la hernia discal se convierta en una limitación funcional, incluso en edades avanzadas.

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Preguntas frecuentes sobre la hernia discal lumbar

A lo largo del diagnóstico y tratamiento de una hernia discal lumbar surgen muchas dudas que van más allá del dolor en sí. Preguntas sobre la evolución, el ejercicio, el reposo o la necesidad de cirugía son habituales y comprensibles.

¿Qué es exactamente una hernia discal lumbar?

Una hernia discal lumbar se produce cuando parte del contenido interno de un disco intervertebral se desplaza fuera de su posición normal y puede entrar en contacto con una raíz nerviosa. Este desplazamiento puede generar dolor lumbar, dolor irradiado hacia la pierna u otros síntomas neurológicos, aunque no siempre provoca molestias. La hernia no implica que la columna esté dañada de forma irreversible ni que sea una lesión permanente.

¿Una hernia discal lumbar siempre causa dolor?

No. Muchas personas tienen hernias discales sin presentar ningún síntoma y lo descubren de forma casual al realizar una prueba de imagen por otro motivo. El dolor aparece cuando el material herniado provoca inflamación o compresión del nervio. Por eso, la presencia de una hernia en una resonancia no explica por sí sola el dolor lumbar.

¿La hernia discal lumbar se cura o es para toda la vida?

En la mayoría de los casos, la hernia discal lumbar mejora con el tiempo y el tratamiento adecuado. El organismo es capaz de reabsorber parcial o totalmente el material herniado, reduciendo la presión sobre el nervio. Aunque el disco no vuelva exactamente a su estado original, la recuperación funcional suele ser completa y permite llevar una vida normal sin dolor.

¿Cuánto tiempo tarda en curarse una hernia discal lumbar?

La evolución varía según cada persona, pero lo habitual es notar una mejoría progresiva a lo largo de semanas o meses. En muchos casos, el dolor disminuye de forma significativa entre las seis y las doce semanas. Durante este periodo puede haber altibajos, lo cual forma parte del proceso normal de recuperación.

¿Es normal que el dolor vaya y venga?

Sí. El dolor asociado a la hernia discal lumbar suele ser fluctuante, con días mejores y otros de mayor intensidad. Esto se debe a cambios en el grado de inflamación del nervio, la actividad realizada o las posturas mantenidas. La variabilidad de los síntomas no significa que la hernia esté empeorando.

¿La ciática siempre significa que hay una hernia discal?

No necesariamente. El dolor tipo ciática describe una irradiación por la pierna, pero puede deberse a otras causas como contracturas profundas, problemas articulares o alteraciones posturales. La hernia discal es una causa frecuente, pero no la única, y debe confirmarse mediante una valoración clínica adecuada.

¿Es mejor guardar reposo o moverse con una hernia discal lumbar?

El reposo absoluto prolongado no está recomendado. Mantener una actividad suave y controlada, adaptada al nivel de dolor, favorece la recuperación. Caminar, cambiar de postura con frecuencia y evitar la inmovilidad ayuda a reducir la rigidez y a preservar la fuerza muscular, elementos clave para la mejoría.

¿Qué movimientos o actividades debo evitar?

En fases agudas conviene evitar gestos que aumenten claramente el dolor, como levantar peso de forma brusca o permanecer mucho tiempo en posturas forzadas. Sin embargo, no existe una lista universal de movimientos prohibidos. El enfoque actual prioriza adaptar la actividad y progresar de forma gradual, en lugar de evitar el movimiento por completo.

¿Puedo hacer ejercicio si tengo una hernia discal lumbar?

Sí, y en la mayoría de los casos es recomendable. El ejercicio terapéutico, bien indicado y supervisado, es una de las herramientas más eficaces para la recuperación. Fortalecer la musculatura profunda, mejorar la movilidad y recuperar la confianza en el movimiento reduce el dolor y previene recaídas.

¿La fisioterapia realmente ayuda o solo alivia de forma temporal?

La fisioterapia basada en ejercicio terapéutico y educación del movimiento no solo alivia síntomas, sino que actúa sobre las causas funcionales del dolor. Su objetivo es mejorar la estabilidad de la columna, optimizar los patrones de movimiento y reducir el riesgo de nuevos episodios, no únicamente aliviar el dolor momentáneo.

¿Necesitaré cirugía si tengo una hernia discal lumbar?

En la mayoría de los casos, no. La cirugía se reserva para situaciones muy concretas, como pérdida de fuerza progresiva, dolor incapacitante que no mejora con tratamiento conservador o alteraciones del control de esfínteres. Fuera de estos escenarios, el tratamiento no quirúrgico suele ofrecer buenos resultados a largo plazo.

¿Qué señales indican que debo acudir de nuevo al médico con urgencia?

Debe consultarse de forma prioritaria si aparece debilidad progresiva en la pierna, dificultad para caminar, pérdida de sensibilidad intensa o alteraciones en el control de la orina o las heces. Estos síntomas requieren una valoración médica urgente.

¿La hernia discal lumbar empeora con la edad?

El envejecimiento de la columna es un proceso natural, pero no implica necesariamente más dolor. Muchas personas mayores tienen hernias discales y mantienen una vida activa. El factor determinante no es la imagen de la columna, sino el nivel de movilidad, fuerza y actividad física que se conserva con el paso del tiempo.

¿Puedo trabajar con una hernia discal lumbar?

En la mayoría de los casos, sí. Puede ser necesario adaptar temporalmente algunas tareas o posturas, pero mantenerse activo y reincorporarse progresivamente al trabajo suele favorecer la recuperación. La baja prolongada solo está indicada en situaciones muy concretas.

¿El estrés influye en el dolor de la hernia discal?

Sí. El estrés y la ansiedad pueden aumentar la tensión muscular y la percepción del dolor, dificultando la recuperación. Abordar el problema desde una perspectiva global, que incluya el descanso, el manejo del estrés y la actividad física, mejora los resultados del tratamiento.